Las noticias históricas acerca de la sociedad alavesa altomedieval son escasas y debemos aprovechar al máximo cada mención material o documental al respecto. Precisamente, el estudio de estos lagares supone tal vez el mayor y mejor reflejo de las gentes que habitaron el territorio del actual municipio de Labastida durante los siglos IX-XIII tras el desplazamiento de la frontera con los musulmanes al Sur, por cuanto refuerzan ciertas tesis historiográficas que, aun siendo ciertas, se basaban necesariamente en un puñado de referencias escritas y un escaso número de hallazgos arqueológicos.

La documentación y la toponimia conservada revelan la existencia de centros de culto repartidos por la zona (Tabuérniga, Remélluri, Torrontejo, Mutílluri, Santa María de Toloño, Santa Eulalia, Santiago, San Roque, San Ginés, Santimia, San Clemente, San Julián, San Pelayo o San Andrés) que actuarían como auténticos focos organizadores del territorio, núcleos alrededor de los cuales se asentaban pequeñas poblaciones y granjas de producción. A esto debemos sumar algunas necrópolis fechadas en torno a los siglos XI-XII.

Estos centros religiosos quedaban encuadrados y dependientes bien de pequeños señores guerreros, bien de cenobios importantes como Iratxe, Leire o, sobre todo, San Millán de la Cogolla. Actuarían como auténticas “sucursales” en cuanto a adquisición de impuestos y redistribución (diezmo) a esos grandes monasterios. Todavía sin el futuro desarrollo municipal de Labastida (fuero en 1242), las exacciones en forma de impuestos y tributos agrícolas generados por los campesinos iban a parar a la iglesia, la nobleza o la monarquía, canalizadas a través de esos centros de culto.

Los lagares descritos en las páginas anteriores no sólo constituyen un patrimonio histórico de primer orden, dada su antigüedad centenaria. Aluden además a temas esenciales tales como la ocupación del territorio, las actividades económicas, la ordenación geopolítica o la organización social en el génesis y desarrollo del feudalismo.

La casi centena de estructuras identificadas en la zona occidental de la Rioja Alavesa – 70 de las cuales se hallan en Labastida – apunta en primer lugar a que los pobladores de aquellas épocas ya producían vino con regularidad a lo largo de toda la zona de Labastida y la adyacente Sonsierra riojana. Podríamos incluso hablar de una cierta especialización, tal y como refleja la demanda proveniente del poderoso monasterio de San Millán de la Cogolla, “pan y vino de Tabuérniga y la Sonsierra”.

Esta temprana viticultura altomedieval parece extenderse en mayor o menor medida por todo el Sur de la Rioja alavesa junto al Ebro, pero no así en el centro y Norte de lo que será la “Villa y Tierra de Laguardia”. En efecto, el centro y Este de la comarca parece albergar desde muy antiguo (ya existen dólmenes prehistóricos) una importante actividad ganadera que contrasta con lo que ocurre en Labastida o San Vicente de la Sonsierra. La “frontera” o marca podemos situarla en torno a Samaniego o Laguardia, y queda patente incluso en los siglos XIX y principios del XX con la presencia de corrales que desaparecen por completo hacia el Oeste.

En Labastida, los lagares reafirman ese poblamiento disperso del que tan pocas referencias materiales se conservaban, enriqueciendo a cotas inimaginables nuestro conocimiento de lo que sucedía en la zona antes del siglo XIII (ver la relación física entre los lagares, los poblados documentados, las necrópolis y la hagiotoponimia en el mapa correspondiente). No sólo contamos ya con algunos vestigios de dónde se hacían enterrar o dónde acudían a profesar su fe cristiana los pobladores de esas tierras. Ahora sabemos también dónde trabajaban, dónde producían.

En la segunda mitad del siglo XIII, ya con el fenómeno de fundación de villas completamente asentado en todo Álava, el primitivo asentamiento fortificado de Labastida toma fuero real con Fernando III, y su expansión demográfica, política, administrativa y económica va a provocar un reajuste del modelo poblacional. Los pequeños núcleos que existían desde al menos tres siglos se van abandonando progresivamente, incapaces de mantener la competencia económica con la “ciudad”, incapaces de resistir los nuevos aires de libertad frente a la arbitrariedad señorial del campo. Esto no significa que se abandonen todos los lagares en la baja edad media, muy posiblemente sigan activos incluso hasta el siglo XVIII en algunos casos, pero sí es cierto que los “lagos” ubicados en la villa van ganando la partida a las viejas estructuras extramuros, las primeras formas de elaboración de vino arqueológica e históricamente documentadas en Rioja Alavesa.

La cantidad, dispersión y morfotipología de los lagares nos hablan de pequeños propietarios, tenentes (arrendatarios) o collazos (labradores en las tierras del señor de turno) campesinos que trabajan las tierras durante los siglos X-XIII agrupados en pequeños asentamientos o aldeas sin jurisdicción propia, dependientes jurídica y económicamente de señores feudales y monasterios a los que deben entregar su trabajo en forma de diezmos, impuestos y prestaciones personales. Cultivan sus viñedos en pequeñas extensiones – normalmente unos junto a otros – y, junto a ellos, pisan la uva para obtener el primer mosto que transportan en pellejos u odres a sus precarias casas de materiales perecederos (madera, materiales vegetales y acaso zócalos de piedra). Como vemos, las formas de producción son absolutamente rudimentarias, con zonas de viticultura más intensivas que otras (el ejemplo de Montebuena Norte, con cinco lagares de pisado y uno con prensa de husillo juntos). La explotación agrícola se completaría con huertas frutales y cereales, siempre trabajadas por grupos familiares individuales.

Sin embargo, hay dos elementos de entre los complejos estudiados que parecen escapar de este modelo general: las “industrias” especializadas de Montebuena Norte o Santurnia antes aludidas, ambas con prensa mecánica. ¿Quién hay detrás de semejante despliegue económico y técnico, a todas luces inusual dentro del grupo mayoritario?, ¿tal vez una comunidad de campesinos uniendo esfuerzos?, ¿tal vez un señor laico o religioso con mayores medios y mano de obra ajena a su disposición?. El panorama social de la época, fuertemente jerarquizado en estamentos, apunta a esta segunda hipótesis, aunque por el momento no disponemos de respuestas inequívocas.